
Malcolm Deas -el británico que más conoce la historia y la realidad colombianas- decía, ante la incredulidad de sus contertulios, que no le sorprendería si Petro una vez en el poder fraguara algún tipo de acuerdo con Álvaro Uribe. Pues bien, parecería que la clarividencia del famoso profesor de Oxford terminó siendo cierta. Ya se han reunido públicamente en dos ocasiones, una como presidente electo y la segunda ya con Petro sentado, un tris incómodo, en el solio de Bolívar.
No deja de ser un poco desconcertante observar que quienes fueron enemigos acérrimos y se cruzaron los más duros epítetos ahora conversen con una afabilidad propia de los mejores amigos. Nadie podría criticar ese hecho que en principio es una forma bienvenida de desescalar la polarización política, a la que se le atribuye con razón muchos de los males de Colombia. Sin embargo, aplicando el sabio axioma que dice que en política nada ocurre solamente inspirado por las buenas intenciones, cabe preguntarse qué hay detrás de esa aparente fraternidad.
Mirando con más detenimiento se encuentra que de pronto no es tan exótico que existan muchos más temas de convergencia entre el uribismo y el petrismo de lo que indicarían las pugnacidades del pasado. Tanto Petro como Uribe tienen esa característica, ese talante, caudillista y populista que los atrae e identifica. Los dos se regodean en Twitter y en los encuentros con las masas, a lo Trump. Ambos se consideran refundadores de la Patria y son profundamente anti-establecimiento, aunque el objetivo de su rebeldía sea distinto. También está ese dejo compartido de desdén por la democracia. No hay tanta distancia entre la frecuente apelación al “estado de opinión” de Uribe, cuando la vía institucional no le era favorable, y la amenaza petrista de “sacar el pueblo a la calle” ante cualquier tropiezo político a sus designios.
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