
Nos han dado la tierra se llama el cuento de Juan Rulfo que estamos estudiando, entre otras obras maestras del autor, en el curso dictado por Carolina Sanín. El narrador, en primera persona, recorre sin moverse un camino sin orillas, ni esperanza, en donde no hay “una sombra de árbol, ni una semilla de nada”. Mientras camina sin avanzar sobre la tierra que les dieron, pisando su suelo infértil, reclama “tanta y tamaña tierra para nada”. Y aunque la obra de Rulfo es casi toda una crítica a la Revolución Mexicana y a la reforma agraria que irónicamente abandonó al campo, cada frase del autor parecería estar describiendo toda la tierra sin tierra que tienen y sufren tantos colombianos.
Aunque suene absurdo, diferentes voces en Colombia han venido protestando por la cantidad de tierra que tienen los indígenas colombianos. Vociferan las últimas cifras presentadas por el Instituto Geográfico Agustín Codazzi, Igac, que revelan que los resguardos indígenas, las comunidades afrodescendientes y otras agrupaciones étnicas son dueñas de 34,3 millones de hectáreas. Teniendo en cuenta que Colombia tiene 114 millones de hectáreas, para muchos, los indígenas son unos desagradecidos terratenientes.
Pero la realidad es más compleja.
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