
Restablecer las relaciones diplomáticas y comerciales con Venezuela es uno de los mayores logros del gobierno en sus primeros cien días. No ha habido titubeos ni intrigas. Lo prometieron en campaña y desde el primer día se pusieron en la tarea. Van bien. Armando Benedetti encontró una infraestructura diplomática desmantelada y una frontera que estrechó los vínculos entre los vecinos más corruptos y criminales de cada lado en estos años.
La aproximación de Duque jamás prosperó. No hay razón para insistir. Supone un costo humano demasiado alto para que sea aceptable. A millones de colombianos y venezolanos la vida les mejora sustancialmente si hay servicios consulares, cierta certidumbre jurídica, relaciones comerciales y un tráfico aéreo regular. Además, si la dictadura cae, Colombia debería ser el principal protagonista de la reconstrucción de Venezuela. Los beneficios son enormes. Romper con Maduro del todo y seguir en esa fantasía de comunicarse solo con Guaidó, cuando no tiene ningún poder, era absurdo.
Ahora, recuperar de verdad la confianza perdida del sector privado y alentar a los empresarios a que hagan grandes inversiones y negocios en un país sin seguridad jurídica y con un gobierno expropiador tomará años. Venezuela debe cambiar muchas cosas para mandar señales que viajen en ese rumbo. Está bien que el gobierno de Petro sirva de vehículo y ayude a recuperar lo que había hace 15 años.
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