Escribo esto en un día triste, muy triste. Gris, frío y lluvioso. Hoy cumpliría 90 años de edad mi padre, que se murió hace 21, un jueves parecido, gris, frío y lluvioso. Por eso ya no me gustan los días así, que son las típicas fechas de las que me enamoré de mi ciudad cuando —a toda prisa— caminaba detrás de mi papá en el centro de Bogotá, un centro gris, frío y lluvioso.
Yo tendría seis años, así que los recuerdos son apenas flashes en blanco y negro. Bueno, también es cierto que nadie recuerda a color. Piense en algún momento feliz en la playa, cierre los ojos y no verá ni el mar ni el cielo azul. Todo será una extensa gama de grises, justo como está mi ventana en este momento, cuando la tarde se va metiendo en la oscuridad.
Volvamos al recuerdo. Estoy frente a un televisor gigante de cuatro patas, en el cuarto de mis papás. Es un Sylvania de tubos, lo recuerdo perfecto porque estuvo con nosotros como televisor titular en la familia unos años más hasta que lo desplazó el Hitachi rojo giratorio, que llegó a casa antecitos del mundial de fútbol en Argentina, en 1978.
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