
No hay evento en el planeta que tenga medianamente la dimensión y la magia de la Copa del Mundo. Ni los olímpicos. Ir a un Mundial permite entender el poder y la universalidad del fútbol, un deporte que logró ser transversal como ningún otro a todas las culturas, idiomas y niveles de ingreso. El fútbol tiene un magnetismo especial y en el siglo XXI terminó de penetrar en todos los países.
El fútbol es tan popular y potente también porque recibe en estas épocas la simpatía y curiosidad de millones que no lo ven regularmente. La inercia de un mundial termina involucrando en las tendencias, partidos, reuniones y programas de televisión y radio a millones que no son futboleros. Pero creo que muchos de ellos se irán del fútbol después de Catar 2022. Se sentirán asqueados de cómo se concibió y construyó este mundial. Lo que sucedió fue abominable.
Entonar ese inútil recurso de la “doble moral”, eso de “pero usted apoya a Cuba e Irán”, es infantil y no lleva a ningún lugar. Esa obsesión de huir de un problema igualando dos males, utilizando un reproche para evitar cuestionamientos de fondo, termina siendo una invitación a la indiferencia y la resignación. No se trata de ponerse la capa de salvador del mundo, sino de construir, como futboleros, una cultura de amor por el fútbol más exigente y profunda. A estas alturas estamos para mucho más que pedir volantes que levanten la cabeza o delanteros con frialdad en el área. Catar debe ser un “nunca más”, como el juicio a la Junta Militar en Argentina.
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