
En mi más reciente estancia en Bogotá me uní a la sesión que Michelle Harb preparó para un grupo de mujeres. Un encuentro denominado Ser el fuego, definido como un ritual en el que encarnamos el fuego con el cuerpo y el movimiento para quemar y transmutar lo que nos pesa y agobia. Yo, que, para decir la verdad, he sido renuente a rituales y prácticas más corporales o espirituales porque priorizo cosas que asocio con la razón, decidí participar quizá por el duelo que atravieso, para el que no encuentro respuestas ni sosiego en lo que alcanza mi intelecto. Creo que, además, me animó la dulzura y la paz que transmite Michelle.
Hice mi mejor esfuerzo y, en la primera parte que está mediada por la palabra, me sentí completamente cómoda y conectada. En la segunda parte, donde el cuerpo se tiene que hacer fuego a través de la danza, me descubrí rígida, inmóvil, desconectada de un cuerpo que me gusta cuando lo miro al espejo, pero cuyos movimientos no son más que los funcionales. Durante esta meditación con el cuerpo también fueron volátiles mis pensamientos, iba y venía por distintas ideas y me costaba estar completamente ahí, dejando que mi cuerpo se conectara libremente con la música.
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