
El miércoles 6 de noviembre de 1985, extrañamente mi papá regresó a casa más temprano que de costumbre. Venía de su pequeña oficina de abogado en el cuarto piso de un edificio sobre la carrera Séptima, justo al frente del costado oriental del Palacio de Justicia, en todo el centro de Bogotá.
Ese día, yo almorzaba solo y a las carreras porque iba tarde a clase; cursaba segundo semestre de una carrera que —por fortuna— jamás finalicé, en una universidad que cuelga del cerro sobre la circunvalar, unas cuadras arriba de la plaza de Bolívar.
De pronto, se apareció sin que nadie lo notara, como era su costumbre, me saludó y a renglón seguido dijo que me prohibía rotundamente ir a estudiar porque el centro estaba muy complicado, pues había un tiroteo en el Palacio de Justicia y era peligroso estar por allá.
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