
Entre todos los candidatos presidenciales, no hay uno al que le crea menos su alardeado compromiso contra la corrupción que a Rodolfo Hernández. El exalcalde, como buen populista, utiliza el pabellón anticorrupción como bandera política, pero sin creer en ella. Su pobre conocimiento del problema de la corrupción y los recurrentes actos de nepotismo conocidos durante su administración, dan buena cuenta de tal afirmación.
Sobre lo primero, hay que decir que su campaña no tiene un diagnóstico ni una sola propuesta seria en la materia. Hernández habla de “cero corrupción”, pero no tiene la menor idea de cómo llegar ahí. Asume que ese estado de pureza administrativa en todo Colombia, con sus 32 departamentos, 1105 municipios, cientos de empresas públicas, docenas de miles de colegios, hospitales y “contrataderos”, especialmente creados para robar, se alcanzará por arte de magia, con su llegada al poder.
Es la receta perfecta para el desastre: un diagnóstico pobre del problema, la inexistencia de un plan claro y la ausencia de herramientas útiles para enfrentarlo, todo condimentado por la arrogancia de quien cree tener, cual alquimista, la fórmula secreta para transformar el polvo en oro, sin siquiera conocer las políticas, estrategias, instituciones y leyes existentes en Colombia, que se ocupan del asunto.
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