Hace unas semanas conocimos por algunos registros de prensa que una mujer había fallecido en Barranquilla por complicaciones después de someterse a un aborto clandestino. La noticia no pasó a mayores, excepto por la voz que levantaron los colectivos feministas exigiendo justicia.
Esta mujer era Lorena Gelis, tenía 37 años y dos hijos, una niña de 12 y un joven de 17. Era la menor de cuatro hermanas, vivía con su madre en Salamanca, un barrio estrato dos en Soledad, Atlántico, municipio conocido por ser el epicentro de compra de votos en época electoral, pero también por sus cifras de pobreza. (El 41,2 por ciento de la población está en condición de pobreza monetaria, según el último informe del Dane).
Lorena era una mujer soñadora, alegre, dulce y extrovertida, así la recuerda Sergio Ordosgoitia, su expareja y padre de sus hijos. Trabajaba como anfitriona en discotecas y bares de Barranquilla, quería ser chef, pero lamentablemente no contaba con los recursos para pagar los estudios.
A los 20 años tuvo a Carlos*, su primer hijo, y cinco años después llegó Sara*. Fueron maternidades deseadas. Vivió 15 años con Sergio y, después de la separación, él se llevó a los niños a Gachancipá, Cundinamarca, donde trabaja actualmente, pues su situación económica era más favorable que la de Lorena.
Esa misma situación económica fue la que la llevó, según su madre, a tomar la decisión de abortar. Lorena, que había crecido en una familia cristiana, le ocultó dicho embarazo a sus hermanas y acudió el 6 de enero a una casa ubicada en el barrio San Luis, de Barranquilla. Allí, el médico Manuel Cerpa, hoy prófugo de la justicia, le hizo el procedimiento.
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