
Recuerdo bien el día que mi madre mirándonos a los ojos nos dijo: “El papito está muerto. Una bala lo mató”. Desde ese día, sola, tuvo que hacerse cargo de sacar nuestra vida adelante y nosotras niñas tuvimos que lidiar con el hecho de convertirnos en huérfanas de padre, no tener un suelo fijo y tener una madre ausente y asfixiada por su trabajo. Pasamos por diferentes países sin tener mucha idea de cuál sería el siguiente lugar al que llegaríamos y lo único certero en ese momento era que la guerra inmunda nos había cambiado la vida.
Es por esta experiencia personal que siempre que escucho una historia de guerra y violencia, lo primero que pienso es en el sufrimiento de los niños y el drama y carga de las mujeres.
Que el enfrentamiento en Europa haya llegado hasta este punto, es para mí sinónimo de que ni a la OTAN, ni al gobierno de turno ucraniano, o a Putin, les importan en absoluto los civiles, ni los hombres, menos las mujeres o niños.
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