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Johana Fuentes
Puntos de vista

8 de marzo

A los 7 años Maydany Salcedo ya era víctima de la violencia. Varios miembros de su familia, que militaban en la Unión Patriótica, fueron asesinados durante el genocidio de ese partido. Tuvieron que salir de su casa en Río Blanco, Tolima, y llegaron a San Vicente del Caguán. Maydany no creció con miedo, todo lo contrario, a los 17 años ya lideraba procesos de organización y empoderamiento con mujeres campesinas. En el Caguán se convirtió en una figura destacada en la comunidad, pero cuando fracasó el proceso de paz entre las Farc y el gobierno de Pastrana, la violencia recrudeció y Maydany fue desplazada de esa región. Huyó con su familia a Piamonte, Cauca, otro departamento azotado por los violentos. Empezó de cero, pero no dejó de lado su liderazgo, creó una organización —compuesta casi toda por mujeres— para trabajar con desplazados y después de la firma del Acuerdo de Paz, se involucró en la sustitución de cultivos. Las amenazas no se hicieron esperar, disidencias de las Farc, bandas criminales y hasta el cartel de Sinaloa.

Es difícil resistir cuando se tiene la muerte tan cerca, “perdimos la finca, amigos, nos han matado compañeras de la organización, toda mi familia fue amenazada, no sé cómo estoy viva”, me dice mientras no puede controlar el llanto. En uno de las tantos consejos de seguridad —que son como pañitos de agua tibia— les dijo a los funcionarios del Gobierno que ahí todos sabían con antelación cuando los iban a matar y nadie hacía nada, “no sé si es que hablé muy duro y a los hombres les molesta cuando las mujeres levantamos la voz, pero apenas llegué a Piamonte me dijeron: ‘se tiene que largar o la matamos’”. Tuvo que salir nuevamente de su casa dejando a su esposo, sus dos hijas, un perro y tres pollos. Hoy, desde el exilio insiste en volver, “ser mujer en Colombia es duro, pero mejor exigir nuestros derechos que mendigarlos y lo seguiremos haciendo, así nos cueste la vida”.

El 2 mayo de 2002, la vida le cambió a Máxima Asprilla, ese día guerrilleros del frente 58 de las Farc, en medio de combates con paramilitares, lanzaron un cilindro-bomba que impactó la iglesia de Bojayá, donde se resguardaban cientos de personas para protegerse de los enfrentamientos. Máxima perdió al 60 por ciento de su familia. Después de eso, conformó un grupo de 37 cantadoras que con sus alabaos —cantos para despedir a los muertos— comenzaron a hacer resistencia. La gente tenía miedo de hablar, pero ellas a través de sus composiciones contaban lo que nadie se atrevía a decir: las amenazas, el dolor, el abandono estatal. Con la firma del Acuerdo de Paz se fue la guerrilla, pero llegaron otros actores armados y con ellos más intimidaciones. La zozobra jamás se ha ido de Bojayá, pero su fuerza tampoco, “ser mujer y liderar es difícil porque aunque nos hemos liberado mucho aún nos quieren ver esclavizadas y vulnerables, nosotras seguiremos con nuestros cantos, ese es nuestro trabajo, contar con nuestras voces, denunciar, resistir y defender el territorio”.

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