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Jorge Enrique Abello

Cuando la forma pierde el fondo

Esta mañana lluviosa de marzo me recuerda una del pasado en la que al levantarme me encontré a mi padre frente al espejo del baño, se estaba atando una corbata negra al cuello, sin lograr el nudo como él quería. Lo intentaba una y otra vez infructuosamente mientras le escurrían lágrimas por las mejillas. Nunca lo había visto llorar, por lo que la escena me dejó impactado: acababa de morir su mejor amigo. Mi padre tenía muy pocos amigos. La lluvia cesó un poco mientras desayunábamos en silencio, me levanté para despedirme y lo besé en la mejilla, él quedó en silencio, mirando, hipnotizado, el fondo de la taza de café que se había tomado en dos sorbos sin darse cuenta.

Cuando salí de casa, de los pétalos de las margaritas y los jazmines del jardín apenas goteaba el rocío, mientras que la hierba neblinosa de los antejardines de Bogotá se desperezaba lentamente dejando escapar ese olor maravilloso a tierra mojada que tanto me gusta. La avenida rugía como todas las mañanas, presagiando entre bocinas el trancón de camino hacia la universidad. Un viento helado de las montañas orientales empujaba las nubes de lluvia hacia el aeropuerto, para que los primeros rayos de sol comenzaran a calentar los andenes capitalinos. Carossio, el único confidente de mi padre y su mejor amigo, había muerto, deteniendo por un instante el tiempo en mi hogar, en la vida de papá, en nuestra psiquis. Sin embargo, afuera, en la calle, todo seguía igual, cruelmente igual. La vida pasaba sin reparar la muerte. Supe en ese momento que tendría que acostumbrarme a esa sensación toda la vida.

Hoy, después de la semana que acaba de pasar, tengo la misma sensación, pero los motivos son otros y pertenecen más bien a una pesadilla lúcida, en que se está convirtiendo por estos días la realidad. Un enano pone su dedo sobre el botón rojo y promete acabar el mundo construido en millones de años sobre hombros de gigantes si no cumplimos con sus exigencias. Una periodista para ilustrarnos las consecuencias de la guerra en Ucrania, decreta inexistentes las razones reales por las cuales comenzaron la Primera, la Segunda Guerra Mundial y esta anacrónica invasión. Toneladas de bibliografía y fallidos armisticios confirman que esa hipótesis es falsa. Eso, sin contar los relatos a viva voz desde Churchill hasta Speer que lo confirman.

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