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Jorge Enrique Abello
Puntos de vista

El fantasma de Emma

En un barco, bordeando la nada, rumbo a París, en 1947, Emma Reyes dejó Colombia. Atravesó el Atlántico con el alma rota por el asesinato de su pequeño hijo a manos de los paramilitares paraguayos, sin más nada que sus manos para pintar, pagó el pasaje que la llevaría a una nueva vida, lejos del desarraigo de nunca haber pertenecido al lugar que la vio nacer. Como Emma, fueron muchas las mujeres y las artistas que tuvieron un paso fantasma en el siglo XX por esta tierra de prohombres que no las acogió.

Bastarda del hijo de un presidente de la república con una mujer de dudosa procedencia, como relata la leyenda, Emma jamás tuvo el reconocimiento de su familia paterna. Nacida en 1919 entre la depresión que dejaron la Gran Guerra y la gripe española, Emma creció en Bogotá, encerrada en un cuarto de 3x2 cuyo único vínculo con la realidad era el ojo de la cerradura de la puerta principal, que usaba como monóculo fantástico, y que le permitía ver el mundo que clamaba por descubrir su imaginación, pero que tan solo era un recuadro al óleo y en blanco y negro de la pobreza emergente del centro capitalino, de lo que por esos días llamaban la Atenas suramericana.

Fue abandonada por su madre en las puertas del internado Hijas de María Auxiliadora en la octava con décima a la edad de 5 años. Y allí prosiguió su vida, encerrada como una reclusa infantil, entre Cristo, el diablo y las monjas, que nunca perdieron la oportunidad de recordarle que lo de ella era caridad. A los 16 años pudo escapar para recorrer el mundo, que tantas veces había imaginado en horas de vigilia exuberante y para esa misma noche dormir en la banca de un parque cobijada por las estrellas y las ansias de libertad.

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