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Gabriel Silva Luján

En defensa de las consultas

En los dos últimos meses se puso de moda despotricar sobre las consultas interpartidistas. Desde diferentes rincones de la opinión, de la política y de la academia se disparan rotundas afirmaciones sobre el desastre que significa ese mecanismo para escoger el candidato de las coaliciones. Se les señala de toda clase de efectos perniciosos para la democracia sin reparar en ninguna de sus virtudes.

Esta avalancha de críticas y cuestionamientos ha convencido a un sector de la opinión de que este mecanismo electoral es innecesario, costoso y un simple procedimiento para tramitar vanidades y aspiraciones imposibles. Esa percepción no solo es equivocada, sino también peligrosa para la calidad y eficacia del proceso de decisión electoral del ciudadano. Las consultas o primarias pueden ser una herramienta muy útil para reducir el impacto de muchos de los fenómenos que afectan la transparencia electoral y que distorsionan la voluntad popular.

Las “elecciones intermedias”, es decir aquellas que ocurren previas a las que designarán en firme a quien ocupará un cargo, tienen primero que todo una racionalidad de depuración, no solo cuantitativa si no cualitativa. Contrario a lo que se dice coloquialmente, para la democracia es mejor tener más candidatos que menos. Desde la perspectiva de la calidad democrática de una elección el que múltiples voceros o líderes de diversos sectores aspiren a ocupar un cargo público específico incrementa el grado de representatividad y legitimidad generado por dicho proceso. Al competir con otro se le reconoce al contrincante -pierda o gane- su derecho a representar a todos.

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