
Las mujeres somos la mayoría de la población en Colombia y, a pesar de eso, solo el 20 por ciento del Congreso está compuesto por nosotras. Y aunque en las elecciones del 13 de marzo deberíamos acercarnos a la paridad, esto no es suficiente para acabar con las trampas del privilegio masculino que descomponen nuestra democracia. Transformar el sistema y sus formas de reproducción requiere de mucho valor y compromiso. Poco le sirve al país que lleguen mujeres subordinadas del mandato masculino a “renovar” la política en el Congreso.
No sorprende que los partidos políticos tradicionales estén usando la presencia de mujeres para vender inclusión y hablar de diversidad. Y no me refiero a que estén instrumentalizando a las mujeres, cada una de ellas tienen agencia y entienden muy bien en dónde está y para qué está donde está. Pero al menos como estrategia de propaganda política, el discurso “feminista” sí está siendo utilizado.
Y es utilizado porque está vacío de significado. Por más mujeres que muestren en sus tarimas los partidos, o tengan en sus listas, sigue predominando la presencia de clanes políticos, personajes cuestionados, y candidatas y candidatos que, a pesar de haberle servido al país por años, nunca han logrado un cambio. Son rehenes y verdugos de un sistema masculinizado y machista que sobrevive por su inacción y su incapacidad de ceder sus privilegios.
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