
A Julio Victoria Cárdenas lo mataron el 23 de febrero de este año en su comunidad. Era el presidente del Consejo Comunitario de Barrios Unidos, en el Litoral del San Juan. Alguien de allá me escribió, me mandó fotografías en las que se ve a Julio sonriente, vestido con una camiseta azul y encima de ella un chaleco verde y amarillo, alzando el bastón y el machete envueltos en cintas, en celebración de la posesión de la guardia cimarrona. Iban en una lancha sobre el río San Juan. Quien me contactó lo describió como un señor bonito, amable, “así como son en nuestros pueblos”, dijo, “te recibía con una sonrisa y siempre estaba buscando que uno se fuera con algo: limones, borojó, comida para el viaje. Un hombre de diálogo”. “Recurro a usted para que le dé voz a don Julio”, concluyó.
Yo estaba muy sensible en esos días, me dolían los asesinatos, los desplazamientos, la suma de hechos violentos que se suceden sin parar en el Chocó, entonces solo supe llorar. Pero no he dejado de recordar a Julio cada semana, cuando me enfrento a la página en blanco para sacar adelante esta columna. No ha dejado de darme vueltas en la cabeza lo que significa eso de dar voz. Creo que un líder como Julio se construye justamente por la capacidad de ser la voz de su comunidad.
Esta semana nos sorprendió en Quibdó la noticia de que, después de nueve años de servicio, el papa Francisco ordenó el traslado del obispo Juan Carlos Barreto para Soacha. Sentí una tristeza profunda cuando leí. “Nos quedamos huérfanos”, les dije a varios amigos. Juan Carlos es de esos líderes que efectivamente se convierte en la voz de muchos. No tengo cómo juzgar su labor religiosa porque no pertenezco a la Iglesia católica, pero desde la labor social, que nos une y nos permitió construir una amistad, puedo dar fe de su compromiso con el Chocó.
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