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Mariana Garcés

Colombia y la democracia

Nos han vendido la idea de que somos la democracia más fuerte y sólida de Latinoamérica, y lo repetimos con convicción y orgullo. Seguramente tenemos muchas razones para creer que esta aseveración es verdadera. Nuestra institucionalidad siempre está ejerciendo con cierta solvencia algunos asuntos y probablemente la vida en sociedad ha transcurrido con alguna tranquilidad a pesar de los vaivenes del mundo. Si miramos lo que acontece a nuestro alrededor, con parte de nuestros vecinos, esta aseveración resulta válida para muchos.

Entre otros asuntos destacables para merecer este título, es de resaltar que Colombia cuenta con un legado electoral ininterrumpido desde 1830; estuvimos bajo el mando de una dictadura militar en el período del general Rojas Pinilla tras una acción que fue calificada como un “golpe de opinión”, respaldada en mayor medida por los partidos, por la dirigencia política del país y por una amplia manifestación popular que pedía a gritos un cambio. Esa etapa duró cuatro años, lo mismo que dura un período presidencial; es necesario, además, reconocer que durante su ejercicio, se obtuvieron avances en la cultura democrática, y cabe destacar el derecho al voto de la mujer en 1957. Rojas entrega pacíficamente el mando a una junta militar que, junto con los partidos, convocan a elecciones democráticas al año siguiente. Hemos, además, padecido menos dictaduras militares que otros países de la región.

Oficialmente hemos mantenido la institucionalidad, pero también otras circunstancias como vivir por años en estado de sitio, la negativa influencia del narcotráfico, de los grupos armados al margen de la ley, teniendo como consecuencia hechos atroces de violencia tales como los asesinatos, las masacres, los secuestros y los falsos positivos. Estas circunstancias ponen en duda esa tesis de que la estabilidad democrática continúa fuerte. En teoría, se supone que el régimen democrático propende por una vida política en paz, y aunque en Colombia se mantiene la estabilidad de las instituciones, la violencia ha sido una constante y un contrasentido en esta supuesta larga vida democrática.

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