
Yo también me acuerdo perfecto dónde estaba el martes 19 de junio de 1990, al comenzar la tarde, el día que el negro grande de Buenaventura originó una de las primeras pandemias que este país ha padecido: la de la afonía.
Noroccidente de Bogotá, una vivienda de dos pisos, tal vez el barrio Pasadena. La casa paterna de Aguilar fue solo para nosotros, casi una docena de universitarios acomodados frente al televisor a color del primer piso, ubicado en una especie de salita adaptada para tales menesteres, con un techo algo bajo y fieles a la maravillosa costumbre de la época: bajar por completo el volumen del aparato y poner a lo que diera el radio con la voz del locutor preferido, en nuestro caso, Édgar Perea.
No como ahora.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios













