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Jorge Enrique Abello
Puntos de vista

Esto es Colombia

Si lo que sucede en este país, todo, pudiese ser enmarcado por la trama de una obra de teatro, yo escogería uno de los dramas más conocidos y polémicos de Shakespeare: Ricardo III. Para ponerlos en contexto, trataré de hacer una pequeña semblanza de la obra, que, aunque sé, no le hará justicia, por lo menos ilustrará al lector sobre el monstruoso personaje en paralelo con nuestra frenética realidad.

El personaje es histórico, en realidad existió. Su muerte es el punto final del medioevo inglés. Fue el duque de Gloucester. Nació con una deformidad terrible en su escápula y brazo izquierdo que se hacía visible a través de una protuberante joroba que escorzaba su cuerpo y lo obligaba a mirar desde la cerviz al resto del mundo. Su embeleco físico contrastaba con la desproporcionada fuerza que del hemisferio ponzoñoso sobresalía, asustando a todos quienes lo rodeaban. Le llamaban: el Jabalí.

Para llegar al trono y convertirse en rey de Inglaterra sin merecerlo, se vio obligado a urdir un plan contra aquellos a los que legítimamente y por línea de sangre pertenecían el cetro y la corona. Encerró a su propio hermano para luego ahogarlo en una tinaja de vino, asesinó a tres miembros de la casa de Lancaster a sangre fría para que no se interpusieran con su ambición. Dio buena cuenta del rey Enrique VI en su celda y a la torre de Londres envió a dos niños de 9 y 12 años, primeros en la línea de sucesión para cegar sus almas por siempre y asirse con su mano de piedra al poder como la dignidad de Ricardo III, rey de Inglaterra. Murió en la Guerra de las Dos Rosas atravesado por las lanzas vengadoras de sus enemigos. Shakespeare le escribió el famoso verso de: “Mi reino por un caballo”. Pronunciado, momentos antes de morir, mientras era cercado por “un bosque de soldados”, como sentenció la profecía.

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