
Ya me había reencontrado con el mar y con mi ritual íntimo de entrega al Pacífico: dejo mi cuerpo flotar bocarriba y miro el cielo gris y la selva que parece caer al mar, los oídos sumergidos, el movimiento marcado por las suaves olas de la Bahía, trato de no pensar en nada, solo confío en el mar recio, bravo y profundo que me vio nacer. No hay fotos, no hay conversación con otros al respecto, solo él y yo. En la casa me volví a endulzar, me bañé en la ducha, aunque ya me había sacado el agua salada en la cascada que ahora llaman la piscina del amor. En mi cuarto presioné el dispensador de crema humectante y la solución cayó directo a la palma de mi mano, unos minutos después abrí el pote de la crema para peinar y arrastré un poco con los dedos. Cuando tuve la piel hidratada y los crespos definidos, tomé la ropa interior y un vestido cualquiera directamente del clóset y me los puse. Estaba en mi casa.
Hace dos años vivo en mi pueblo, pero por distintas razones, completaba casi dos meses sin volver; y esa tarde, más que comprender, sentí que el valor de un hogar está en esos detalles simples como no tener que abrir una maleta para sacar lo que necesitas, o tomar los cosméticos de sus recipientes originales.
Mi casa es bella y cálida, llena de plantas, casi toda de madera, como las de Puerto Echeverri o las de Catrú en el Baudó, como las de Noanamá o Docordó en el San Juan, o como las de Riosucio o Carmen del Darién, en el Atrato. Mi casa huele a humedad, como casi todas las del Chocó. Y ahí, mientras respiraba y me hacía consciente de lo que realmente había extrañado durante ese tiempo por fuera, pensé en la intimidad arrebatada por los desplazamientos forzados, modificada y estropeada con confinamientos, ese otro fenómeno brutal que hoy afecta al 10 por ciento de los habitantes del departamento.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios













