
En 2018, Gustavo Petro era vehemente y lapidario, era el nuevo libertador del pueblo de Colombia que prometía sacarnos de la opresión y llevarnos a donde abundan la miel y las manzanas. Muchos recordarán el tuit que publicó en mayo de 2018, acompañado con una foto de uno de sus eventos públicos: “Y había un pueblo que decidió, escapar de la esclavitud de la desigualdad y la violencia de cinco siglos y huyó del faraón hacia la libertad y quedó entre el mar y el gran faraón que venía atrás cortando cabezas y decidió partir las aguas. Eran las aguas de la historia”. Así, con la coma mal puesta que ya es costumbre en sus tuits, como Moisés a los hebreos, Petro nos iba a liberar de la esclavitud.
Un mes después, aquellos que tanto criticaron el mesianismo del candidato de izquierda (curioso, pues Moisés nunca fue un mesías), aceptaron sin chistar la comparación con el protagonista del Éxodo: en un evento público, Mockus (otro con ínfulas de grandeza) y Claudia López, más para llamar la atención que para corroborar su adhesión a la campaña de Petro, le hicieron firmar 12 mandamientos escritos en dos tablas de mármol, igualitas a las que entregó Dios a Moisés en el Sinaí. Como Moisés, Petro regresó del encuentro divino y para su infortunio, encontró a su pueblo adorando a un becerro de oro.
El Petro de hoy es distinto. Ya no es el libertador apasionado que le canta las tablas al faraón opresor y golpea el suelo con su bastón en señal de intransigencia para pedir que libere a su pueblo. Por el contrario, la imagen de Petro está hoy asociada al nuevo testamento; ya no es la figura castigadora y orgullosa del primer libro, ahora es un hombre amoroso, comprensivo y caritativo. De ser Moisés, pasó a ser Cristo. Con la omnipresencia divina que permiten las respuestas automáticas en redes sociales, Petro le dice, a cualquiera que le escriba (ya sea un mensaje de apoyo o una crítica), que lo quiere mucho. Su perfil de Instagram se volvió una especie de confesionario, el lugar para que los fieles entremos en contacto con él y recibamos su amor incondicional (y prefabricado).
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