
Iván Duque y la mayoría de aspirantes a la Presidencia nos dicen con sus actos, silencios y soberbia, una y otra vez, algo bien sabido: sin importar quién gane las elecciones, los colombianos de a pie tendrán que salvar la democracia y el Estado social de derecho de la incompetencia o voracidad de sus dirigentes más encumbrados, y del ímpetu feroz de las mafias que los rodean.
Los autoproclamados jefes de la nueva Colombia padecen casi sin excepción algunos vicios atroces: son incapaces de trabajar en equipo, de respetar la opinión ajena o de construir un verdadero sistema democrático en medio de la diferencia. La tolerancia les resulta esquiva. El diálogo aún más. No tienden puentes. Los dinamitan. Encuentran enemigos en cada palabra, en cada gesto, en toda esquina.
Pactan con mucha facilidad, eso sí, con politiqueros de toda condición, con tal de vencer en la contienda. Maldicen las maquinarias, pero bien rápido se postran ante ellas. Las celebran.
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