
Las leyes no escritas, pero inmutables, de la política y de la opinión le conceden a un mandatario un margen muy estrecho de tolerancia frente a los errores que cometa en los tres primeros meses de su mandato. Las decisiones que tome en ese lapso, así las trate de cambiar después, le perseguirán hasta cuando abandone la Casa de Nariño. Bien o mal, el arranque de un gobierno es un hierro indeleble visible a todos que no se puede esconder con ropajes o maquillajes. A modo de ejemplo no hay que olvidar lo que le pasó a Duque.
En el caso del próximo presidente hay factores que indican que los primeros cien días de ese gobierno quizás serán unos de los más difíciles de la historia. La primera razón para ello es el comportamiento de cierre del gobierno saliente. De manera bastante solapada este gobierno ha empujado con mensaje de urgencia una mal llamada “ley de empalme” en la que a pesar de su lenguaje melifluo no puede esconder la protuberante intención de constreñir por todos los medios al mandatario entrante.
De pasar esta ley, a la que dedicaremos una futura columna, el gobierno Duque tendrá la oportunidad de esconder o negar acceso a la información en todos los ámbitos gubernamentales, incluso en materias de extrema sensibilidad para la seguridad nacional. Esta ley va en el mismo sentido de la decisión de la “Asamblea” de Ecopetrol que aprobó perpetuar a la actual junta directiva. El gobierno quiere entregar el edificio, pero quedándose con las llaves de la caja fuerte y escogiendo a voluntad qué se lleva o qué le deja al presidente electo.
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