
Durante mi adolescencia temprana mi padre me decía que no hablara de política con extraños. Cada vez que nos subíamos a un taxi, yo comenzaba a hacerle preguntas al conductor o a dar monólogos ingenuos sobre la lucha de clases, los paracos y vainas así. Él me agarraba la pierna, abría sus ojos y señalaba con la cabeza al taxista en señal de que no sabemos con qué pueda salir.
Eran los últimos años del gobierno Uribe, cuando cosas tan inocentes como pedir un acuerdo humanitario para la liberación de los secuestrados por la guerrilla se consideraba una propuesta subversiva y valía el señalamiento de guerrillero. Fue una época en la que el lenguaje estaba cooptado por la descalificación y la deshumanización de quien pensara diferente. Porque es en el lenguaje, expresión del plano simbólico, donde se reflejan los valores que definen nuestras conductas. Y el lenguaje de esa época, que se anunciaba desde el poder y untaba luego al resto de la sociedad, legitimaba ciertas muertes y la persecución a los opositores.
“No estarían recogiendo café”, “guerrilleros vestidos de civil”. Sentencias como estas, pronunciadas por el presidente de la nación, reducían a las personas que no estaban en su bando a criminales enemigos de la patria, era la manera como el gobierno zanjaba las críticas.
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