
Al liberalismo igualitario, que en Colombia llaman centro, le queda como último recurso el voto en blanco. Un voto digno y de repudio al populismo que logró derrotar a la ultraderecha uribista y a la extinta Coalición de la Esperanza, que terminó por no representar nada más que las buenas intenciones de algunos y la mezquindad a la que estaban dispuestos a llegar otros.
En medio del lamentable escenario en el que nos encontramos, el voto en blanco no es una renuncia, es un clamor. Un grito. Es un dedo acusador en contra de la política y los políticos, que escondidos bajo nuevos rostros o discursos reproducen valores de antaño. El machismo, el autoritarismo, el mesianismo y una visión dicotómica de la sociedad, que nos divide: los corruptos y los buenos, los ricos y los pobres, los nadies y los alguien.
El voto en blanco es una expresión firme de rechazo a la política fácil, a la demagogia rutilante que conquista corazones con discursos hueros, que promete cosas que no puede cumplir, que anticipa el advenimiento de un nuevo mundo con el chasquido de los dedos. Paraísos al alcance de la mano, transformaciones sencillas en contextos complejos, discursos efectistas.
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