
El populismo, en su definición más primaria, es una ideología y una forma de comunicación política que trata a la sociedad como si fuera una pieza descuartizable, que se puede dividir en dos partes iguales, o más precisamente, en dos grupos sociales que son antagónicos: el pueblo y las élites. El primero siempre es indefenso y las élites siempre son corruptas. No hay matices ni grises en sus miradas porque en la cartilla del populismo la realidad nunca puede ser compleja, sino simple y binaria.
Los políticos populistas desprecian las instituciones y consideran que su único interlocutor es el pueblo oprimido. Su discurso es disruptivo, arbitrario, performático y de doble moral. Se ven como los defensores de ese pueblo indefenso y actúan como si fueran los escogidos para defenestrar a las élites corruptas, pero suelen ser seres desajustados, con éticas elásticas, que se creen infalibles y que caminan por encima de la ley.
En esta contienda electoral, solo hay un candidato que sigue al pie de la letra este manual del populismo. Su nombre es Rodolfo Hernández.
Por la manera como se expresa, por lo que dice y promete y sobre todo por lo que calla, Rodolfo Hernández es un populista de derechas.
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