Ir al contenido principal
Johana Fuentes
Puntos de vista

Verdad

En 2008, Diego Alberto Tamayo tenía 26 años y vivía en el barrio San Nicolás de Soacha junto a su madre, Idalí Garcerá. Una falsa promesa de trabajo lo llevó hasta Ocaña, Norte de Santander, allí apareció muerto junto a dos amigos que viajaron con él. Los mató el Ejército.

Diego estaba tratando de reunir dinero para continuar con su carrera de veterinaria y ayudar con los gastos de la casa. “Era un hijo incondicional, siempre tuvo empatía por los animales, recogía perros y gatos para curarlos y para ese entonces me había regalado un conejito. Tenía mucha ilusión de estudiar”, me cuenta Idalí. Sin embargo, a ella no le daba buena espina el viaje, porque no sabía nada de las personas que se lo iban a llevar.

Viajaron por tierra y llegaron a Ocaña el 26 de agosto en la madrugada. Ese mismo día los reclutadores –a quienes les pagaron un millón de pesos, según la Fiscalía– los llevaron hasta una zona rural en la que encontraron un falso retén montado por la Brigada Móvil 15 del Ejército. Los militares les quitaron sus documentos de identidad y luego los asesinaron.

Regístrate para seguir leyendo

Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales