
La palabra “no” ha marcado nuestra historia reciente. Aunque este adverbio de negación ha sido la parte sustancial de la frase que nos intentó definir: “No a la paz”, la peligrosa sentencia siempre ha estado gobernada por algo más complejo: “No a la verdad”. La sistemática vulneración a nuestro derecho a saber ha puesto gobiernos y ha legitimado violencias. Y a pesar de que la maldición parece haberse roto, el camino para la sanación nacional apenas comienza.
El martes conoceremos el informe final de la Comisión de la Verdad. Será el punto de partida para que se construya una memoria colectiva que nos permita esclarecer lo ocurrido. Pero hay que advertirlo: la resistencia a la verdad, a los hechos, es, ha sido y seguirá siendo infame. Los interesados en el relato único, en la historia manipulada y en los discursos legitimadores reaccionarán al informe como siempre lo han hecho, con mentiras y difamaciones.
El reconocimiento, en 2011, de que en Colombia hubo un conflicto armado fue tan disruptor para los creadores de la seguridad democrática que los motivó a crear un partido político. El Centro Democrático nació en realidad para imponer la historia única de los valientes “hombres de bien” contra los “bandidos” de mil cabezas. Desde entonces, su oposición a la paz siempre ha tenido como propósito asegurar que los cimientos de su discurso y la legitimidad de su legado sean inmortales.
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