
Como era el único sonido que adoraba escuchar, tocó animosamente la campana que reposaba sobre su largo escritorio y el tintineo se escuchó en todo el palacio, rompiendo de golpe el absoluto silencio que siempre imperaba a esas horas del día. Eran apenas las cuatro de la madrugada. A los tres segundos, exactamente, escuchó el toc toc en la puerta del salón principal. Le encantaba hacerlo para medir el tiempo de respuesta y si no se cumplía, soltarle a su escuálido secretario privado —en voz baja— una andanada de ironías que ya quisiera Wilde haber usado. Era un verdadero prodigio en el manejo del lenguaje. Y por eso, su pueblo lo amaba sin reparo alguno.
El gran líder siempre hablaba como si estuviera susurrando —incluso cuando ultrajaba— y era responsabilidad de los oyentes entender lo que pasaba. Consideraba el peor de los insultos que le pidieran repetir algo que acababa de decir. Odiaba con su alma a los sordos, y mucho más a quienes pretendían serlo. Le molestaban profundamente las preguntas; y aunque todas, o casi todas, le parecían estúpidas, sus respuestas sí eran un verdadero derroche de sabiduría que siempre revelaba su infinita sapiencia sobre el funcionamiento del monocrático Estado que gobernaba, aunque eso, a sus electores, poco o nada les importara.
En todo caso, quería a su secretario como a un hijo bobo y él, como al padre que nunca tuvo. Pero lo trataba como a un perro. Y él, como a su amo. Por eso, se entendían bien.
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