
El “progresismo” es un ropaje conceptual moderno que sectores de la izquierda más dura y tradicional de América Latina supieron apropiarse, sin que pudiéramos masticar antes suficientemente qué era ser amigo o no del progreso. Como línea de partida, todos lo somos. Pero ellos, pareciera, quedaron con el monopolio de la búsqueda del progreso.
Los “progresistas” del corte de Petro, Cristina Kirchner o Pablo Iglesias defienden la versión más estatista de la paleta de socialdemócratas. Aspiran a construir estados elefantiásicos, con mucho poder para quitar, dar y redistribuir, con varios monopolios públicos, cerrados comercialmente al mundo y con una altísima discrecionalidad presidencial. Suelen ser proyectos refundacionales, que llegan a partir la historia en dos y con ese mandato y esa vanidad gobiernan.
Petro, es cierto, representa un cambio. Uno brusco y decidido. Si se lee de forma objetiva y con juicio su programa de gobierno, si oímos sus discursos y aspiraciones, encontraremos la búsqueda de implementar un proyecto estadocéntrico a lo largo y ancho del país. Todo el andamiaje político, económico, constitucional y cultural que supone eso, implica un enorme cambio.
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