
Hay seres que reúnen en su personalidad una nítida sencillez y una armónica grandeza. Quizás por esta confluencia atraen los ataques recurrentes de personas en las que confluyen como un torrente la banalidad y la mala bilis. Francia Márquez, vicepresidenta electa de todos los colombianos, suele ser objeto de este tipo de conductas dirigidas a zaherirla. Estas actitudes y los comentarios surgidos en diversas reuniones sociales ponen de manifiesto un racismo y un clasismo del tamaño de un mastodonte.
Una periodista de un medio televisivo le preguntaba en una entrevista, quizás sin mala fe, pero con inexcusable ligereza, si ahora que tenía la posibilidad de vivir a una cuadra del Palacio de Nariño se iba a mudar allí o si eso no hacía parte de lo que ella denominaba “vivir sabroso “. Francia, quien tiene la habilidad natural para defenderse de una experimentada gaviota, le respondió “si creen que porque me dan una casa presidencial ya estoy viviendo sabroso están muy equivocados. Vivir sabroso se refiere es a vivir sin miedo, a vivir en dignidad, se refiere a vivir con garantía de derechos”. A continuación, invitó a la comunicadora a investigar y a profundizar sobre este concepto.
Si la periodista hubiese indagado previamente por la genealogía de dicha expresión el enojoso e indignante momento se hubiese evitado. Esto es parte de una larga discusión social y económica. Durante décadas organismos financieros internacionales han empleado un concepto cambiante e inestable: el de desarrollo. La experiencia adquirida en diferentes países nos señala cómo, a través de diversos proyectos que se amparan bajo este concepto, se ha destruido a muchas comunidades tradicionales en el mundo bajo el pretexto de conducirlas hacia la modernidad. Sin embargo, variadas sociedades humanas tienen sus propias concepciones de bienestar. Algunas de ellas las definen y aplican sin apelar a la metáfora biológica del desarrollo. Entre estas se encuentra la de “vivir sabroso”.
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