
Mientras el vagón del TransMiCable en el que íbamos Laura Cuervo y yo se elevaba lentamente, con esa mirada serena que uno logra cuando toma distancia y se alza por el aire física o mentalmente, observé las casas pintadas de colores, las calles destapadas y estrechas, los niños que caminaban rumbo al colegio. Descubrí desde ahí una Bogotá distinta a la que he visitado. Estaba en Ciudad Bolívar y me dirigía a conocer el Museo de la Ciudad Autoconstruida.
Dos cosas me impactaron de este museo: la relación con los materiales y la apropiación de los habitantes de la zona. Tejas de zinc, rejas de segunda, tablas de madera sin cepillar, polisombras, mantos asfálticos, tierra. Todo lo que las familias han usado para ir haciendo sus casas, día por día, a mano, con lo que encuentran en un entorno estigmatizado, por muchos años ignorado, donde la ciudadanía ha tenido que construir a pulso la garantía de sus derechos; de la misma manera que sus casas.
Andretti Menjura, coordinador del Museo y habitante del sector, y Anghello Gil, su curador, me acompañaron en un recorrido en el que no solo conocí lo que estaba expuesto sino el modo como cada componente se relaciona con la historia de la localidad y con los grupos artísticos, comunitarios, étnicos y ambientalistas que trabajan activamente en el presente. “Estamos en autoconstrucción” fue la frase que usó Andretti para despedirnos.
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