
La Doctrina del Enemigo es la versión latinoamericana de la doctrina de seguridad nacional que desarrollaron los gobiernos norteamericanos durante la Guerra Fría. A diferencia de Estados Unidos, cuyos enemigos eran externos, la supuesta amenaza en América Latina venía desde adentro: nuestros estados, a diferencia de lo que hizo Estados Unidos frente a Cuba y la Unión Soviética, tenían que combatir a los supuestos agentes locales del comunismo internacional. Estos enemigos eran, principalmente, las guerrillas, pero también podían ser cualquier persona o grupo político que tuviera ideas contrarias a las del gobierno o las fuerzas militares. Según Francisco Leal Buitrago, “la Doctrina de Seguridad Nacional es una concepción militar del Estado y del funcionamiento de la sociedad, que explica la importancia de la ocupación de las instituciones estatales por parte de los militares. Por ello sirvió para legitimar el nuevo militarismo surgido en los años sesenta en América Latina”.
La construcción de esta categoría política surge cuando en América Latina se definió al comunismo internacional como la gran amenaza colectiva de los estados. Con la llegada de las revoluciones socialistas y la expansión de las ideas marxistas en la región, este concepto toma un nuevo significado: se convierte en la columna vertebral que justifica la militarización total del Estado, es la Doctrina de Seguridad Nacional y se adopta como el modelo de análisis de las dinámicas sociales. El concepto del enemigo interno proviene de las grandes potencias económicas para ser difundido en países “subdesarrollados” o “dependientes”, y fue el principal aliciente para mantener el statu quo y prohibir una apertura de la democracia, a partir de la negación del otro.
Para el caso colombiano, la aplicación de esta doctrina por parte de las fuerzas militares llegó tarde en comparación con otros países de la región. Sin embargo, el surgimiento de las primeras guerrillas liberales y el profesionalismo adquirido en la Guerra de Corea por parte del ejército explica la adopción de esta doctrina. La violencia política de la época, además, agudizó los conflictos sociales, por lo que eran necesarias medidas contundentes.
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