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Daniel Schwartz
Puntos de vista

El lugar de los viejos

El siglo XX sorprendió a Bogotá en la víspera del primer centenario de la República. El éxito de la Feria Mundial de París inspiró a los líderes de la llamada Atenas Suramericana para estar a la altura de las grandes capitales del mundo. Una nueva idea de urbanismo en la que se lucen el verde de árboles gigantes, las esculturas clásicas en bronce o mármol y las fuentes luminosas, fue la inspiración para convertir al Parque de la Independencia en el gran centro cultural de la ciudad. Veinte años después se construyó la nueva sede de la Biblioteca Nacional, un edificio Art Decó que imitaba los grandes museos europeos. En los años sesenta, la idea de modernidad fue reemplazada por la moda de las grandes avenidas: la calle 26 llevó a la ciudad a una nueva era, la de los carros veloces que llegan al aeropuerto que conecta con el mundo, el recién bautizado Aeropuerto El Dorado.

Hoy la Biblioteca Nacional parece un oasis. La 26 cercenó el proyecto romántico de esa Bogotá europea. Está solitaria, perdida en una manzana de grafitis ininteligibles, habitantes de calle, vendedores ambulantes y saltimbanquis de semáforo. La biblioteca quedó aislada entre calles ruidosas; las majestuosas escaleras que desembocaban en el Parque de la Independencia ahora terminan abruptamente sobre la avenida El Dorado, un infierno de tráfico pesado, TransMilenios, volquetas y motos; y desde la nueva entrada principal sobre la calle 24 se escuchan los sonidos de la Séptima, ahora convertida en un gran mercado informal con megáfonos para la venta de fruta y protectores para el celular.

Rodeado por los archivos de la revista Cromos que están en la hemeroteca, don Enrique está sentado en una poltrona de cuero. El poco pelo que le queda es tan blanco como el algodón. Lleva un traje fino pero raído por el tiempo, brillante de tanto plancharlo y ya sin color definido.

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