
“¿Ya viste quién es el nuevo ministro de Defensa? Es Iván Velásquez”. Este fue el contenido promedio de unos veinte diferentes mensajes de WhatsApp que irrumpieron a mi teléfono a lo largo del viernes 22 de julio. De inmediato procedí a explorar su cuenta de Twitter para buscar palabras como ejército, policía, inteligencia y otras asociadas al sector, encontrando viejos y nuevos cuestionamientos a la fuerza pública, algunos denotan la falta de experticia en cuanto al sector y permiten sacar conclusiones sobre la intencionalidad de su designación.
No deja de sorprenderme la noticia como a muchos de los lectores, sobre todo porque amo a mi país y al Ejército Nacional, institución a la que pertenecí desde los 16 años, en una carrera cortada por un intempestivo llamado a calificar servicios, tres meses antes de ascender a brigadier general, a ciencia cierta por un plumazo del saliente presidente Duque, a quien convencieron de que era entre eleno y petrista, para luego dar paso temporal ya como civil a la política. Esto último lo viví, en gran medida por mi honor y para mostrar que mi deber como soldado era para con la Constitución no para el partidismo y muy consciente, sí, de la importancia de unas instituciones armadas defensoras de todo ciudadano y sus derechos, garantes de la democracia y transparentes con mucho que hacer aún por la nación.
Además de la sorpresa inicial hay que aceptar que estos cambios son preocupantes para muchos. Yo no dejo de comparar lo que estamos viviendo hoy con el periodo a la transición del largo interregno llamado Hegemonía conservadora (1886 -1930), bueno para algunos y malo para otros historiadores, dependiendo de su mirada, y que dio inicio a la República Liberal y llevó al ascenso al poder a Enrique Olaya Herrera. En materia de defensa y seguridad, los liberales consideraban al Ejército demasiado conservador y por ello fortalecieron la Policía, con las consabidas consecuencias posteriores que se evidenciaron en la época conocida como La Violencia.
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