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Daniel Schwartz
Puntos de vista

Historia y memoria

Las tías Etka y Anya fueron, para la segunda y tercera generación de mi familia paterna, el primer contacto que tuvieron con el Holocausto. Desde muy pequeños y sin tener muy claro qué había sido el Holocausto, mi padre y sus hermanos ya sabían que esas dos señoras eran sobrevivientes. Yo no tuve la fortuna de crecer a su lado. Para mí, ellas eran un mito familiar. Siempre supe que tenía parientes que sobrevivieron al exterminio, pero las tías Etka y Anya, más allá de una foto de mi primer cumpleaños en la que me están cargando, no eran más que dos nombres raros. Mi tío Marco cuenta que de niño buscaba con curiosidad algún gesto en sus rostros que diera muestras de la tragedia, pero al final siempre se encontraba con los ademanes de dos mujeres dulces, cariñosas y prestas a celebrar en familia. Advierte, sin embargo, que había tristeza en sus miradas. En su ingenuidad infantil, era incapaz de ver que esas miradas afligidas eran la manifestación de un cúmulo de atrocidades padecidas.

Para el historiador francés Pierre Nora, la historia y la memoria son términos prácticamente opuestos. La memoria es la vida, es el pasado que se refleja en el presente, está en constante transformación y abierta a la dialéctica del recuerdo. La historia, por el contrario, es la reconstrucción (incompleta) de todo aquello que ya no es. Mientras la memoria actúa sobre los lazos y afectos que viven en el presente, la historia no es más que una representación del pasado. La memoria carga con afectos emocionales, la historia busca racionalidad y rigurosidad. La memoria convierte el recuerdo en algo sagrado, la historia lo “desaloja”. Existen tantas memorias como existen grupos e individuos, es un fluido que puede ir de lo plural a lo individual. La historia es de todos y de nadie, piensa en líneas de tiempo, estructuras y evoluciones. La memoria está en todas partes, es el espacio, el gesto, la imagen. Es la tristeza en la mirada de las tías Etka y Anya.

Cuando las fuerzas aliadas liberaron los campos de concentración, las dos hermanas, que habían perdido al resto de su familia en Auschwitz, se acordaron que el tío Mendel, el hermano de su padre, había emigrado a Colombia. Luego de contactarlo y de hacer todos los trámites, Mendel las trajo a Barranquilla, donde intentaron rehacer sus vidas. Anya llegó a Colombia casada con un hombre que había perdido a su esposa e hijos en los campos. Etka encontró el amor de Zeilig, con quien se radicó en Bogotá y tuvo tres hijos. Anya no dejó descendencia debido a los experimentos a los que fue sometida en Auschwitz. Sus restos, junto a los de su marido, reposan en el cementerio judío de Miami.

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