
El primer mandato de Gustavo Petro fue para las Fuerzas Militares. Una vez investido con la banda presidencial, antes de dar su primer discurso como mandatario, pidió traer la espada de Bolívar que, por capricho del presidente saliente y en contravía al capricho (algo más justificado) del presidente entrante, había quedado guardada. Con la mismísima espada de Bolívar, Petro dio la estocada final al expresidente. Tal como hacía El Zorro con sus contrincantes, marcándolos en la piel o bajándoles los pantalones con el filo de su espada, Petro usó la espada de Bolívar para dejar en ridículo a Iván Duque.
Se han dado muchas opiniones respecto a lo que significa que Petro haya expuesto la espada del Libertador frente a la ciudadanía. Un acto grandilocuente, sí, pero que no habría sido tan comentado sin la actitud infantil de Iván Duque: su ego pomposo y desabrido, su costumbre de sabotear a sus contradictores y su negación del desastre de su presidencia le impidieron darse cuenta de que, recién comenzada la posesión, Gustavo Petro ya tendría la autoridad para ordenar que trajeran la espada a la Plaza de Bolívar. Ese torpe saboteo lo deja en un lugar gris y deslucido en la historia de Colombia: calificarlo de déspota sería subirlo de categoría.
El desprecio de Duque a cualquiera que lo critique, a la prensa y a la opinión pública, es la expresión de un ego frágil, de cristal; es el delirio de quien se sabe ignorante, pero hace gala de su ignorancia para protegerse. Iván Duque es el hombrecillo que envidia en silencio, un hombrecillo frágil que quiere ser admirado y venerado pero que no parece tener tan alto concepto de sus propios méritos. Su soberbia con el rival que lo saluda, con el periodista que le pregunta o con quien lo critica, da a entender que ignora los principios básicos del respeto y que no sabe de modales. Así lo vimos hace un par de semanas, pedante y grosero, abandonando el hemiciclo justo después de dar su discurso durante la instalación del nuevo Congreso.
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