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Jorge Enrique Abello
Puntos de vista

La mano izquierda y la mano derecha

Su tragedia comenzó al año y medio de vida; quedó ciega y sorda, perdiendo comunicación con el mundo exterior. Vivió acumulando su existencia como una roca prehistórica hasta los 15 años, cuando una maestra del instituto para ciegos de Perkins fue enviada a Alabama para intentar rescatar al ser humano que se había perdido en su propio espacio interior. La maestra se llamaba Anne Sullivan, era una mujer joven y terca que a punta de perseverancia logró enseñarle a Hellen un abecedario escrito en las palmas de su humano para así rescatar esa alma náufraga; conectándola con el mundo exterior, del cual sabía muy poco o nada.

Aprender un abecedario fue el punto de partida para conocer el exterior de su existencia y para que el planeta la conociera como Hellen Keller; una de las escritoras más importantes de la primera mitad del siglo XX en los Estados Unidos. Ciega y sorda, Hellen escribió uno de los libros que más amo: El mundo en el que vivo, en él describe la existencia a través de sus manos: su perro, el jardín de la casa, el rostro de la gente, la madera de la mesa y así poco a poco el alma de todas las cosas que la rodeaban y por supuesto esta vida que al nacer se le había presentado tan cruel, encerrándola en una cárcel que era ella misma.

Los escritos de Hellen hablan del amor y la belleza de la naturaleza, como pocos seres humanos, con todos los sentidos, lo pueden hacer. Nunca conoció el sonido y la forma de las cosas, pero su imaginación que no tenía venda alguna le permitió ver la luz; logró graduarse de la universidad con honores, enamorarse, ser miembro del partido socialista, participó en 1918 en la creación de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles. Fue pacifista y luchó en contra del racismo, en una época en que su activismo era visto como un crimen por la mayoría de la sociedad norteamericana. “Acabo de tener a mi perro en las manos. Estaba revolcándose en el césped, con un gozo infinito en cada músculo y cada miembro. Quise tener una imagen completa de él, y entonces lo toqué tan levemente como si palpara telarañas; pero su cuerpo regordete giró sobre sí mismo, se puso tieso y al pararse sobre sus patas traseras se endureció más todavía. Su lengua lamió mi mano y apretó su cuerpo contra el mío como si quisiera hacerse un ovillo. Demostraba su júbilo a través del rabo, las patas y la lengua. Si hubiese tenido la facultad de hablar estoy segura de que habría dicho, como yo, que el paraíso solo se alcanza por medio del tacto; ya que el amor y la inteligencia residen en él. Así escribía ella, la forma de su mano era el fondo de su alma.

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