
A la posesión del presidente Gustavo Petro se le podría aplicar el adagio popular que dice que desde el desayuno se sabe cómo será el almuerzo. En la organización, en los símbolos, en la coreografía, en los discursos y en las actitudes se pueden discernir señales y gestos que permiten interpretar cómo podría desenvolverse el estilo del gobierno.
Sin una disrupción en las formas rituales de posesiones previas -caminata desde el Palacio de San Carlos, presidente y primera dama cogidos de la mano, guardia de honor, juramentos- se fueron introduciendo desde el comienzo símbolos poderosos. Un presidente que lo escolta la guardia indígena y la guardia campesina hacia las escalinatas del Congreso es un reconocimiento a la lucha de las comunidades por defender su autonomía y protegerse de la agresión histórica, pero también a nadie se le escapa su carácter de advertencia.
La posesión del mandatario se hace frente a los poderes públicos, con las altas cortes, los altos mandos y con las autoridades eclesiásticas y políticas presentes. Están allí no como invitados si no como símbolo de la unidad del Estado; pero también para recordarle al presidente que tiene contrapesos, instancias de control, veedores y que su autoridad tiene límites. Sin embargo, los voceros de estos poderes públicos estuvieron literalmente rodeados de una multitud agitada, vociferante, que chifló a varios de los dignatarios mencionados, como para recordarles a los que se atrevan a desafiar el “mandato popular” que siempre existirá ahí, vigilante, la calle. En todo el acto siempre estuvo flotando en el aire la consigna de que el pueblo manda por encima de toda circunstancia institucional.
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