
Para el mundo es asombroso que en Colombia hablar de paz genere tanto escozor. Recuerdo en 2016, llegando a mi oficina de trabajo en el Bundestag, en Berlín, cuando mis compañeros me preguntaban, incrédulos, cómo era posible que Colombia hubiese votado NO en el plebiscito, frente a un asunto existencial.
Se había manipulado la sociedad, generando miedo. La tesis central era que se trataba de impunidad y que se regalaría el país a las Farc. Decían “paz sí, pero no así”. En ese momento se imponía, una vez más, el modo guerra y todo el sistema con el que los más grandes oponentes a la paz se sentían seguros, pues la guerra los beneficia desde hace décadas. Posteriormente, el acuerdo se modificó y se firmó.
Ahí llegó el gobierno de Duque, saboteando con su desprecio las instituciones resultantes de los acuerdos de paz, es decir, el Sistema Integral de Justicia y Verdad, que aspira a mejorar la situación de las víctimas y del país en general. Pero ahora después de cuatro años de grandes dificultades para implementar los acuerdos, el nuevo gobierno llega hablando en voz alta de paz, y enfatiza su apoyo a las instituciones que han tenido que trabajar a contracorriente para responder a su mandato constitucional.
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