
No cesan las jugaditas en el Congreso. A la vergonzosa elección del contralor se suma la de los magistrados del Consejo Nacional Electoral (CNE). El cambio –por lo menos en estos procesos– resultó ser más de lo mismo: acuerdos amañados para favorecer a los de siempre.
Para nadie es un secreto que el CNE es un órgano politizado. Los partidos hacen acuerdos para poner a sus cuotas y asegurar que las investigaciones que lleguen allí sean un saludo a la bandera. Basta recordar los casos de la ñeñepolítica, Odebrecht o el escándalo de corrupción y compra de votos que implica a Aida Merlano. No pasó absolutamente nada.
El CNE no solo se encarga de eso, también tiene incidencia en las revocatorias de los mandatarios regionales, otorga la personería jurídica a partidos y movimientos y tiene la última palabra en el escrutinio después de un proceso electoral en el país. Resulta muy conveniente tener amigos dentro de ese tribunal, por lo menos para los políticos y sus aliados.
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