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Sebastián Nohra
Puntos de vista

Desarmar la lengua

Hace unos días tuve una discusión en Twitter con el conocido activista del Pacto Histórico Beto Coral. Aplaudí la idea de Petro de eliminar el servicio militar obligatorio, pero critiqué que se lo reemplace por un servicio social. Me parece un abuso. Le conté a Beto que pagué 57.000 pesos por mi libreta militar porque a raíz e un fallo de la Corte durante un tiempo los graduandos debíamos pagar esa pequeña suma. El tuitero usó eso para tirarme a su manada de fanáticos sugiriendo que hice algún truco o acto corrupto para obtener un trato preferencial. Le expliqué varias veces pero seguía ensuciándome.

Me molesté muchísimo y no hice caso a aquellos que me decían que “no le pusiera atención a ese tipo”. Con los días esa sensación quedó dormitando en mi cabeza y empecé a observarla, y traté de averiguar por qué me molesté tanto. Ya, después de ver al senador Álex Flórez diciéndole asesino a un humilde policía que solo cumplía con su deber, lo entendí todo. Y me animé a escribir esta columna.

Me parece bella esa idea de pensar que una persona muere realmente cuando muere la última persona que la conoció. Es ahí, cuando físicamente se extingue nuestro legado y memoria. Cuando partimos solo queda de nosotros no lo que fuimos, sino la imagen que dejamos de nosotros, lo cual no siempre es lo mismo. Podremos dejarle patrimonio a nuestros hijos, pero nuestra real humanidad es el recuerdo que dejamos. Al final, es el verdadero balance y corte de cuenta de nuestras vidas: los minutos que dediquen nuestros amigos y familiares para hablar de nosotros y recordarnos cuando ya no estemos.

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