
El triunfo de Gustavo Petro fue una buena noticia para el país. Más allá de las simpatías o antipatías que despierta, con su elección se normalizó la alternancia democrática y, al igual que en el resto de América Latina, la izquierda pudo llegar al poder. Y aunque un mes no es nada para definir el perfil de la nueva administración, hasta ahora hace honor a la idea central del fundador y jefe del ‘M’ Jaime Bateman, quien hace 40 años insistía en la necesidad de un ‘sancocho nacional’ para sacar al país de su crisis de violencia, pobreza, atraso y corrupción.
En la medida en que el nuevo Gobierno se parece a la propuesta de Bateman, aún es difícil definir su perfil. En él coexisten los históricos partidos del Frente Nacional, sus escisiones, las distintas agrupaciones de izquierda, los desmovilizados de las Farc, el ELN, la CRS, el EPL, los alternativos de la Alianza Verde-Centro Esperanza, los indígenas, los afros, y los campesinos, entre otros. Todo un escenario multicolor y multipartidista en el que se necesita un fuerte liderazgo presidencial para definir el rumbo.
Hasta ahora el arranque es muy bueno para Petro, aceptable para el Gobierno y malo para algunos ministros. Hay funcionarios de categoría con experiencia en el servicio público, activistas que se esfuerzan en su cambio de rol, académicos bien intencionados y cuotas políticas oportunistas.
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