
Recuerdo, en clase de etnología de la Universidad de Hamburgo a principios del 2000 donde cursaba Estudios Latinoamericanos, una estudiante alemana preguntó a un profesor si las piezas coloniales expuestas en museos europeos, incluido aquel en el que él mismo trabajaba, habían sido adquiridas de manera transparente. El profesor tranquilamente le respondió que estaban en esos museos para mantenerlas seguras pues en los países de origen nadie podía garantizar que no serían deterioradas o robadas, a lo que ella respondió: “Ah, entonces somos nosotros quienes las robamos”.
Y este es precisamente en la actualidad un asunto que genera un gran debate en algunos países del norte de Europa. Ya en 2018 el presidente francés Emmanuel Macron solicitó un informe especial sobre restitución de bienes culturales; el informe partía de mínimo 90.000 piezas africanas expuestas en museos franceses; las recomendaciones generaron gran controversia pues pedían a los museos nacionales franceses que devolvieran los objetos de arte saqueados o llegados a Francia de forma éticamente cuestionable desde los territorios coloniales de África. En 2020 un proyecto de ley dio viabilidad a devolver lo que pertenece a Senegal y Benín, antiguas colonias francesas, pero aún hay mucho más.
Si miramos al resto de naciones europeas e incluso museos estadounidenses, la situación se reproduce una y otra vez. Objetos sagrados usurpados para exponerlos al público de grandes museos del mundo occidental, con lo cual ellos ganan dinero, una práctica que no es ética ni moral. Es un robo que hay que reparar. Porque no se puede desvincular la adquisición de estos objetos con el ejercicio de la violencia y/o a las fuertes relaciones de poder y dependencia entre los países del norte y los del sur.
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