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Gabriel Silva Luján
Puntos de vista

¿El pueblo vs. la ciudadanía?

En el principio las personas no eran personas. Eran súbditos. También esclavos, fieles o siervos, o todas esas cosas a la vez. A partir de allí la historia política de los últimos quinientos años se puede resumir precisamente como la lucha colectiva para que esos súbditos se convirtieran en pueblo. Ese tránsito de súbditos a pueblo costó mucha sangre, mucha violencia y una que otra cabeza en los canastos de las guillotinas.

Con el triunfo de las revoluciones de los siglos XVIII y XIX, la autoridad divina de los monarcas fue reemplazada por la “soberanía popular”. Nace así el concepto moderno de “república” o dicho de otra manera el gobierno del pueblo. A partir de ese momento empezó la competencia entre grupos de individuos -los políticos- para apropiarse de la representación y la vocería del pueblo. No pasó mucho tiempo para que ocurriera lo inevitable. “El pueblo” como fuente de legitimidad se convirtió en un concepto fluido, impreciso, amorfo y, sobre todo, maleable, al servicio de los intereses de quienes necesitan justificar su monopolio del poder.

El tránsito de súbditos a pueblo, al que hacíamos referencia arriba, no fue suficiente para garantizar que no surgieran nuevas modalidades de absolutismo justificadas precisamente en la supuesta esencia verdaderamente “popular” del régimen. A modo de ejemplo, durante “el reino del terror” (1792-1793), instaurado bajo la orientación de Maximiliano Robespierre, uno de los grandes líderes de la Revolución Francesa, se ejecutaron 17.000 ciudadanos, 10.000 más murieron en la cárcel y se arrestaron a más de 300.000, todo ello en nombre del “pueblo” y su revolución.

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