Tres de enero de 2023. Había pasado un mes por fuera y deseaba intensamente volver a mi casa. El vuelo de 17 minutos entre Bahía Solano y Quibdó se me hizo eterno, supongo que por la ansiedad derivada de ese anhelo de ver a mis gatos, tirarme en mi cama, sentir el olor de mi ropa, leer mis libros pendientes en la tranquilidad de mi espacio. Eso me hizo olvidar por algunas horas lo que actualmente significa Quibdó en la imagen colectiva; y olvidé también que no podría ir a visitar a una de mis mejores amigas porque, luego de la Navidad, ella y su familia también se fueron a vivir a otra ciudad. Se fueron como mis amigos músicos, como la arquitecta, el abogado, la bibliotecóloga, el ingeniero de petróleos, la politóloga.
Muchos se han ido porque no soportan la extorsión, porque han recibido atentados o porque simplemente se agotan de una ciudad que se convierte en invivible no solo por el orden público, sino por la precariedad del sistema de salud, la baja calidad del sector educativo y, además, las altísimas tasas de desempleo.
Animada quizá por la esperanza de una próxima visita a Cuba o por lo cautivador del título de una lectura aplazada hace mucho leí a mi llegada Todos se van (Bruguera, 2006), de Wendy Guerra. Me bastaron unas cuántas horas en dos días para ir del principio al final de este diario no porque lea con rapidez, sino porque a cada instante me veía en el espejo de la desolación que queda cuando los otros se van, cuando uno sabe que lo mejor que les puede pasar es que se vayan, pero igual duele la ausencia y duelen, sobre todo, las razones por las que se han ido.
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