
A pesar del avance de la modernidad y de todos los cambios ocurridos en la sociedad, el clientelismo sigue siendo un fenómeno omnipresente en la política colombiana. Los políticos siguen construyendo lealtades electorales ejerciendo como intermediarios frente a la ciudadanía para acceder a los recursos y servicios públicos. Dispensando empleos, contratos, privilegios, subsidios y corrupción, no solo reciben respaldo político y electoral, sino que también por esa vía financian campañas y se enriquecen. (Francisco Leal Buitrago, Estudios sobre el clientelismo en el sistema político en Colombia, Uniandes/U. Nacional 2018).
Históricamente, el desmonte del clientelismo ha sido una de las principales banderas de quienes luchan por construir una democracia más transparente. Son reconocidos Carlos Lleras Restrepo, Luis Carlos Galán y el Nuevo Liberalismo, como actores que han dado esa pelea dentro de los partidos tradicionales. Sin embargo, la izquierda, la más perjudicada por esa distorsión estructural de la democracia colombiana, ha sido la que más ha batallado para lograr su abolición.
Sin duda millones de colombianos desesperados con la perpetuación de los clanes familiares en la política, con la corrupción, con la compra de votos y con el clientelismo creyeron que eligiendo a Gustavo Petro y a sus amigos del Pacto Histórico se iniciaría el desmonte definitivo de estas formas antidemocráticas de hacer política. Para mal del país y para decepción de quienes tenían esa esperanza, la conformación del gabinete, los nombramientos, la designación de embajadores y de muchos funcionarios de este gobierno replica el patrón tradicional de repartija burocrática característico de las peores variantes del clientelismo.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios













