
Si hay algo que se ha ratificado en la más reciente escalada del conflicto palestino-israelí, es que las partes más radicales de dos bandos en pugna se parecen más de lo quisieran y, por más que se desprecien, actúan de manera tan similar, que terminan produciendo el mismo impacto.
Así lo demostraron en su momento en Colombia el uribismo, que se opuso a la negociación con la antigua guerrilla de las Farc en La Habana, y la disidencia de ese proceso de paz encabezada por Iván Márquez.
Quizás nada más ofensivo para uno y otro extremo que se dijera que se oponían a la paz. Cada una de estas facciones antagónicas se apuraba a corregir diciendo que querían la paz, pero no como se estaba haciendo, en el caso de los uribistas. O decían que no les gustaba como se estaba desarrollando lo pactado en La Habana, en el caso de la disidencia de Márquez.
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