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Yezid Arteta Dávila
Puntos de vista

¡Ya no más!

¿Cómo es posible que un lugar en el que hubo abundante petróleo, gas y luego extensas plantaciones de coca y palma africana, las vías de acceso estén igual o peor que las que hubo en la época colonial? El Catatumbo es la quintaesencia de una sumatoria de desgobiernos nacionales, departamentales y municipales. En la región nadie organiza, dirige o hace, escuché decir a un cura que lleva años cuidando a su rebaño de almas. Las escuelas están en ruinas y faltan maestros. El hospital de Tibú tiene un déficit de médicos y enfermeras porque trabajar en una zona de disputa armada trae riesgos que muchos prefieren no correr. No hay aulas y ayudas para que se puedan formar los jóvenes. Cuesta ir y vivir en el Catatumbo. Los productos de primera necesidad valen el doble y el triple de lo que cuestan en Bogotá. “A pesar del sufrimiento yo quiero a mi región”, me dijo una mujer que tras un carromato vende empanadas en la calle.

Hasta la cabecera municipal de Tibú, un pueblo levantado por los gringos a comienzos de la bonanza petrolera, arribaron los delegados del Gobierno y la guerrilla para sentar las bases de un proceso de paz que toma lo bueno y descarta lo malo de los anteriores, pero conservando identidad propia: transformación territorial de la mano de las comunidades y los entes estatales. La cita fue el 8 de octubre, día que coincidió con un aniversario más de la ejecución de Ernesto 'Che' Guevara por parte del sargento Mario Terán en el remoto caserío boliviano de La Higuera.

Los delegados que llegaron por helicóptero divisaban desde la altura los campos sembrados de arroz y palma africana, lo mismo que los cráteres dejados por la caótica explotación carbonífera. Los que vinieron por tierra se toparon con cientos de familias ganándose la vida al borde de las trochas que los contratistas han cobrado como carreteras primermundistas. Desde improvisados ventorrillos los lugareños ofrecen comida, frutas, gasolina envasada en tarros de gaseosa y cachama frita que viene de los estanques de peces que han excavado sobre la tierra que en el pasado sólo era ocupada por el pueblo Motilón-Barí. Un grupo de mujeres jóvenes apostadas sobre la vía detienen a los vehículos para pedirles a los conductores una especie de peaje en metálico. Con estas limosnas parchamos los baches, dijo una chica con la cara sudorosa.

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