
Colombia no posee una visión compartida de su futuro, como la tienen varios países. Las élites políticas y privadas del país parecen no tener algún interés en ese tema o no les hace falta. Mientras en Chile, por ejemplo, los expresidentes se unen para crear conciencia de que el país necesita urgentemente crecer más aceleradamente, en Colombia los expresidentes no se juntan, ni siquiera para asesorar y moderar al gobierno en política exterior, o para hacerse sentir sobre la marcha del país., excepto para defender la regla fiscal.
Hace diez años tuvimos brevemente el propósito de alcanzar la paz. Lo logramos solamente con las Farc, con mucha dificultad y con medio país en contra. Esta división y la peculiar costumbre nacional de descuidar la ejecución una vez se firman los acuerdos, los decretos o las leyes, nos han traído a la situación actual en la que muy pocas personas tienen confianza en la paz total o en las reformas que desea imponer el gobierno.
A pesar de ello, el ejecutivo parece dispuesto a todo para hacerlas aprobar contra la opinión de expertos, y la de las mayorías en el caso de la salud y el de la paz. El presidente ha invitado en repetidas ocasiones que se llegue a un acuerdo nacional sobre estas reformas, pero no basado en el dialogo y el compromiso razonable, sino como adhesión. Esto, por supuesto ha hecho que no se le preste atención cada vez que extiende la invitación. En otros campos, como la política exterior y la transición energética, el gobierno se ha separado de lo tradicional y de lo que más conviene, sin intentar discusión o compromiso distintos a aceptar lo que ya ha decidido, sin mediar consulta alguna o razón distinta.
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